Barroco II
...Cocuyo es un lazo

La novela Cocuyo, tanto cuerpo como escritura, deviene tatuaje en un lenguaje de superabundancia y desperdicio que se pliega y re-pliega sobre sí mismo en su heterogeneidad como un espacio liminal que al mismo tiempo luego se des-pliega en aquello de lo que él mismo intentaba descentrarse. Texto anómalo, éste como muchos otros latinoamericanos, donde la contradicción parece ser el disfraz y nuestro paradigma.
La amenaza del ciclón programa la experiencia de Cocuyo, ya germen de asesino, potencial animal trasvestido dispuesto a arrojar su condición de bastardo que poco tiene que ver con una condición de familia sino más bien con la idea de una raza inferior.
La operación de plegado de la materia y la forma se origina en los torbellinos de fuerza (Perlongher par 4). Cocuyo es el espacio barroco, la elipse (nota3) que no es más que un itinerario imprevisible e infinito, “el ciclón-aseveraba con voz metálica,
asidua a la vez de los grandes micrófonos y del eco del púlpito- traza en su rumbo una espiral que se abre a partir del origen” (Sarduy Cocuyo 20). Las cosas toman velocidad, todo ocurre justo en el entre, en “el camino (que) sólo puede existir como tal en el medio” dice Parnet, en el espacio liminal, que es conexión entre el mundo material y espiritual, donde no hay punto de partida ni final. Se trata de un trayecto (el de Cocuyo) en constante alejamiento de un centro. Pareciera que hace rizoma con el viento. El viento se repliega sobre sí mismo y cartografía su entorno derivando al infinito y estableciendo conexiones transversales (Guattari 33).
El torbellino hace una herida de muerte que corta el flujo narrativo. Esto permite la permeabilidad del afuera y se logra pasar la línea mortal como forma de finitud vital donde Cocuyo es expulsado del espacio familiar. Pero no se instala nunca en el afuera, se queda en el límite, su línea de fuga. Precisamente, es esta fisura-tatuaje-tajo (nota4)la que permite el pliegue y aquellos cortes del viento los que lo acercan a ser una manifiesta perfomance movible, abierta y conectable.
Cocuyo como ser arrojado a una monotonía, pareciera ser que no se mueve, aunque sigue su itinerario elíptico sobre sí y su espacio. Cocuyo se aleja de la imagen del mundo. El instante en el que se convierte en asesino de su propia familia, vía veneno para ratas, permite su huída - más que un viaje - sobre sí mismo. Se eliminan sus referentes y se congela el temor hacia el famoso “sucio secretito”.
El texto es un espacio donde la escritura se va autogenerando, creando los vacíos que deberá después llenar. Entonces la escritura es un tatuaje en el lenguaje, le da textura. La literatura, más bien, “inscribe, cifra en la masa amorfa del lenguaje informativo los verdaderos signos de la significación. Pero esta inscripción no es posible sin herida, sin pérdida”, dice Sarduy (Sarduy Ensayos 266). Cocuyo deviene afásico, “quiso hablar pero no pudo” (Sarduy Cocuyo 25). Emite cacareos, tartamudea. Muchas veces ni entiende su propio idioma, “no entendió ni el nombre ni el idioma en que la santera hablaba”, no puede ni descifrar lo que escucha porque se trata de un devenir otro de la lengua, “Kafka hace decir al campeón de nado: yo hablo la misma lengua que ustedes, y por lo tanto no entiendo ni una palabra de lo que dicen” (Deleuze Literatura y Vida 18).
La operación de plegado de la materia y la forma se origina en los torbellinos de fuerza (Perlongher par 4). Cocuyo es el espacio barroco, la elipse (nota3) que no es más que un itinerario imprevisible e infinito, “el ciclón-aseveraba con voz metálica,
asidua a la vez de los grandes micrófonos y del eco del púlpito- traza en su rumbo una espiral que se abre a partir del origen” (Sarduy Cocuyo 20). Las cosas toman velocidad, todo ocurre justo en el entre, en “el camino (que) sólo puede existir como tal en el medio” dice Parnet, en el espacio liminal, que es conexión entre el mundo material y espiritual, donde no hay punto de partida ni final. Se trata de un trayecto (el de Cocuyo) en constante alejamiento de un centro. Pareciera que hace rizoma con el viento. El viento se repliega sobre sí mismo y cartografía su entorno derivando al infinito y estableciendo conexiones transversales (Guattari 33).
El torbellino hace una herida de muerte que corta el flujo narrativo. Esto permite la permeabilidad del afuera y se logra pasar la línea mortal como forma de finitud vital donde Cocuyo es expulsado del espacio familiar. Pero no se instala nunca en el afuera, se queda en el límite, su línea de fuga. Precisamente, es esta fisura-tatuaje-tajo (nota4)la que permite el pliegue y aquellos cortes del viento los que lo acercan a ser una manifiesta perfomance movible, abierta y conectable.
Cocuyo como ser arrojado a una monotonía, pareciera ser que no se mueve, aunque sigue su itinerario elíptico sobre sí y su espacio. Cocuyo se aleja de la imagen del mundo. El instante en el que se convierte en asesino de su propia familia, vía veneno para ratas, permite su huída - más que un viaje - sobre sí mismo. Se eliminan sus referentes y se congela el temor hacia el famoso “sucio secretito”.
El texto es un espacio donde la escritura se va autogenerando, creando los vacíos que deberá después llenar. Entonces la escritura es un tatuaje en el lenguaje, le da textura. La literatura, más bien, “inscribe, cifra en la masa amorfa del lenguaje informativo los verdaderos signos de la significación. Pero esta inscripción no es posible sin herida, sin pérdida”, dice Sarduy (Sarduy Ensayos 266). Cocuyo deviene afásico, “quiso hablar pero no pudo” (Sarduy Cocuyo 25). Emite cacareos, tartamudea. Muchas veces ni entiende su propio idioma, “no entendió ni el nombre ni el idioma en que la santera hablaba”, no puede ni descifrar lo que escucha porque se trata de un devenir otro de la lengua, “Kafka hace decir al campeón de nado: yo hablo la misma lengua que ustedes, y por lo tanto no entiendo ni una palabra de lo que dicen” (Deleuze Literatura y Vida 18).
En el espacio Cocuyo todo se vuelve residual, hasta uno deviene animal de escritura-lectura. El lenguaje barroco se complace en el suplemento, como una repetición obstinada de una cosa inútil, y por ello, repito, en la pérdida. La literatura es un juego olímpico, y este atletismo se ejerce en la huida y la defección orgánica (Deleuze Literatura y Vida 14). Comienza el vómito eterno de residuos, secreciones, ruinas, aguas turbias, heridas, hilillos de sangre, salivaciones, expulsiones, siempre hay expulsiones, producción de expulsiones. En ese sentido ocurre una especie de pliegue de la lengua que, siguiendo a Deleuze, se convierte en la mónada leibniziana que no necesita ni puertas ni ventanas y se vuelve sobre sí infinitamente en una autonomía generadora de excesos y faltas, barbaridades, lirismo y escatología.
Notas.3) Teoría de la bicentralidad de la elipse de Kepler.4) Para Osvaldo Lamborghini, más que de un tatuaje, se trata de un tajo, explica Néstor Perlongher en su artículo “Caribe transplatino. Introducción a la poesía
neobarroca cubana y rioplatense”.Bibliografía.Deleuze, Gilles. La literatura y la vida. Córdoba, Argentina, Alción Editora, 1994.Guattari, Félix. Cartografías del deseo. Santiago, Chile, F. Zegers, 1989.Perlongher, Néstor. “Caribe transplatino. Introducción a la poesía neobarroca cubana y rioplatense”. Extraído de la página:
http://www.geocities.com/laespia/perlongher2.htmlSarduy, Severo. Ensayos Generales sobre el barroco. México, Fondo de Cultura Económica, 1987.
Sarduy, Severo. Cocuyo. Barcelona, España, Tusquets, 1990.

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