Saturday, June 24, 2006

Barroco IV


Su fuga es siempre un delirio y una traición. Viaja justo en el medio de los binarismos (civilización-barbarie, masculino-femenino, círculo-elipse) y nunca alcanza a ser parte ni de uno ni de otro. En aquello su gran burla. Tanto huye de los médicos europeos como de los afrocubanos que cargan con sus residuos por las calles como “trapos sucios”. Brota de él un profundo asco por el propio país, manifiesto en franca desterritorialización de la lengua, por ejemplo. Sin embargo, deviene mediador entre los polos, ambos se explicitan en el lenguaje. Con todo, él permanece y se legitima en su liminalidad. Transita en los intersticios del viejo y el nuevo mundo sin intentar hablar en lugar de ellos, sino más bien por ese pueblo que falta como una posibilidad.
El presente ejercicio de lecto-escritura es en sí un traje hecho a la medida- no sólo porque el estallido neobarroco de Sarduy tiene su paradigma, por ejemplo y básicamente, en la disolución de la interdependencia lenguaje-mundo (Foucault)- sino porque Latinoamérica misma funda su discurso en el tema del residuo y la traición. Definitivamente hay algo de molar en Cocuyo que hace resistencia.
Alejándome deliberadamente del encapsulamiento del Tercer Mundo con lo post, como vislumbró Cornejo Polar, he intentado no abusar de la escritura que intenta por sobre todo la estetización de la miseria latinoamericana y su marginalidad en el paradigma de las políticas de representación. Aunque signifique un esfuerzo inútil, hoy por hoy, en que la transdisciplina nos obliga a hablar más de la posmodernidad que sobre ella. Sin embargo, Sarduy como escritor del pliegue parece no poder abstraerse de una especie de sutil marca regional y de los binarismos, ya que siempre se quiere volver a un centro aún cuando se intuya vacío.
Y es que al des-plegar Cocuyo aparece el arte de la contra-conquista que representó al criollo en su afán de crear una cultura latinoamericana propia, híbrida. Se trata de la intención de reinterpretar el ser latinoamericano desde las imágenes de la cultura pop y el pastiche (Ponce de la Fuente par 9). No sólo aparece el barroco como entidad molar, el sueño y la inestable identidad mestiza, sino que también aquella tensión entre centro y periferia que marca el trance de la literatura latinoamericana. Aún así, se trata de una diferente manera de buscar eso que se llama un modo de ser latino, ya que trabaja con diferentes centros culturales echando a andar un dispositivo maquínico de guerra que le permite cartografiar sus contextos en una idea más funcional que impresionista. En ese sentido es la manifestación de una especie de contramodernidad.



El neobarroco asemeja el retorno de lo reprimido al conectar
con matrices fundacionales de nuestra conciencia histórica en las que jugaron un
rol dominante la repetición y la hibridación, la copia y el simulacro (Sergio
Franco en el artículo “Deslindes teóricos: El neobarroco”)



La literatura en tanto inventora de un pueblo que falta no se escribe en recuerdos individuales y el delirio enfermizo de Cocuyo no tiene intenciones de erigir ninguna raza dominante. Sin embargo, por sus ojos sí deambulan las oprimidas. El espacio Cocuyo, elipse barroca, tiende siempre a cerrarse en un algún círculo. Quizás por ello para algunos nuestro clásico es el barroco-neobarroco, esa colisión de culturas y lenguas que erige la impureza y el residuo como marca de la identidad americana.

Bibliografía

Franco, Sergio. “Deslindes teóricos. El Neobarroco”. Artículo extraído de la página:
http://www.elperuano.com.pe/identidades/64/apuntes.asp


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